Expedición Baltasar Manuel Boldo: Un botánico al servicio de la Real Comisión de Guantánamo (1796-1799)

Objetivo:
Levantamientos cartográficos y redactar un informe completo de los territorios visitados: trazado de puertos, comercio, producciones, etnográficos, relativos a Historia Natural.


La Real Comisión de Guantánamo fue gestada con dos objetivos específicos: permitir la creación de un canal de navegación entre los montes de Güines y La Habana, y establecer un poblado estable en la bahía que daba nombre a la Comisión. En ella están latentes los intereses del habanero Joaquín de Santa Cruz y Cárdenas, conde de Mopox, a la sazón subinspector general de las tropas en la Isla de Cuba, que pretende así facilitar el tránsito de las maderas necesarias hasta el arsenal de La Habana, destinadas a la construcción de buques de guerra. Unos intereses militares, en definitiva.

La Real Comisión fue autorizada por la Corona española en agosto de 1796; quedaba compuesta por el propio conde de Mopox, en calidad de director, José María de Lanz, encargado de reconocer la bahía de Guantánamo (cuyo delicado estado de salud le impidió participar en el viaje); Agustín de Betancourt, a quien le correspondería el trazado de caminos y del canal (y que tampoco pudo participar, pese a su interés inicial, en el desarrollo de la Comisión en tierras americanas); los ingenieros Cipriano Torrezuri y José Martínez, responsables de las nivelaciones y de la elaboración de los planos; el ingeniero Anastasio Arango, secretario de la Comisión, y Bartolomé Sureda, a quien se le encarga la copia de planos y la ayuda en los trabajos de nivelación (éste tampoco acabó integrándose en el equipo que trabajó en la isla de Cuba). Pronto se añadiría a este equipo un miembro más, el botánico Baltasar Manuel Boldo.

Los trabajos encomendados a B.M. Boldo, médico de profesión, elegido para participar en la expedición por el propio intendente del Real Jardín Botánico, Mariano Martínez de Galisonga, no se limitó a lo estrictamente botánico, sino que a petición del propio comisionado, sus labores se extenderían a todas las producciones naturales. Le acompañarían en su viaje el dibujante y disecador José Guío Sánchez, el militar Francisco Remírez, dedicado a los estudios mineralógicos, y el ayudante de éste, Félix Bourman.

De la adquisición de los instrumentos y otros materiales técnicos se ocupó Agustín Betancourt; éste partiría del puerto de La Coruña en junio de 1797, mas el navío en que viajaba fue apresado por una fragata británica que se incautó de toda la carga, incluyendo la biblioteca y el instrumental con el que viajaba A. Betancourt; ni éste ni los necesarios objetos que transportaba llegaron a Cuba.

El grueso de la expedición había partido del mismo puerto con anterioridad, el 3 de diciembre de 1796; no sin dificultades, alcanzaron la bahía de Guantánamo en los comienzos de febrero del 1797; durante los primeros meses la Real Comisión se ocupa del estudio de la bahía, incluyendo los sistemas precisos para la defensa portuaria y los lugares adecuados para establecer la población. Finalmente fueron dos los asentamientos elegidos. Tras la inspección de la bahía de Guantánamo, y las precisas reorganizaciones en el equipo de ingenieros (a tenor de las bajas y ausencias producidas), la expedición se dirigió al interior de la isla; Francisco Remírez y su ayudante viajaron hacia Holguín, para estudiar sus minas de oro; B.M. Boldo y J. Guío cruzarían la isla, hasta alcanzar La Habana, acompañando al grupo encabezado por el conde de Mopox.

F. Ramírez concluyó pronto sus trabajos mineralógicos, cuya realización queda constatada a través de la correspondencia mantenida con Christian Herrgen, profesor en el Real Estudio de Mineralogía de Madrid; su ayudante F. Bourman regresó a la metrópoli, mientras F. Ramírez se ocupaba de un problema de vital interés para el comercio de la isla, la producción de azúcar. Esta actitud de F. Ramírez apunta hacia el velado interés de la sacarocracia local en esta Real Comisión.

La llegada de B.M. Boldo a La Habana habría de depararle un inesperado encuentro con una parte del equipo de la Expedición dirigida por Martín Sessé, quienes se encontraban explorando aquel territorio; ambos grupos realizarían, desde junio de 1797, trabajos conjuntos. La relación entre estos equipos expedicionarios no fue tan idílica como cabría imaginarse, quizás por el excesivo protagonismo de Martín Sessé, que decidió integrar los estudios realizados por los miembros de la Real Comisión de Guantánamo como resultados de su propio periplo expedicionario. La vinculación entre ambos equipos permitió la integración, en la Real Comisión del conde de Mopox, de dos nuevos miembros, el médico cubano José Estévez, subvencionado por la Sociedad Patriótica de La Habana, incorporado al grupo de B.M. Boldo tras su llegada a la capital de la isla, y el pintor Atanasio Echevarría, quien abandonó el equipo dirigido por M. Sessé a mediados de octubre de 1797.

Los envíos de semillas y algunos otros materiales botánicos por los miembros de la Real Comisión a Guantánamo, con destino al Real Jardín Botánico, no fueron parcos; queda constancia de las siembras realizadas en el Jardín madrileño sobre remesas realizadas por J. Guío, entre 1798 y 1804, y por el propio B.M. Boldo, en 1799. Algunos de los resultados botánicos de B.M. Boldo vieron la luz en La Habana; entre ellos un opúsculo titulado Balthasar Manuel Boldo (…) in Insula Cubensem nunc legatus… (La Habana: Typographia Curiae Episcopalis, 1798) y alguna observación en el papel periódico de La Habana, tras unas notas meteorológicas tomadas durante una corta estancia en Baltimore.

B.M. Boldo habría de fallecer, en La Habana, el 30 de julio de 1799. El conde de Mopox nombró entonces a J. Estévez responsable de los trabajos sobre la naturaleza cubana realizados por la Real Comisión, instándole a viajar a la metrópoli con los resultados obtenidos. J. Estévez regresó con el resto de los miembros de la Real Comisión, en abril de 1802, salvo F. Remírez, que permaneció enfermo en la isla, donde habría de fallecer poco después.

Los resultados de la Real Comisión fueron presentados por el conde de Mopox a Pedro Cevallos, ministro de Estado, quien determinó la entrada de los materiales botánicos (plantas secas, manuscritos y dibujos) en el Real Jardín, entonces bajo la dirección de Antonio José Cavanilles, centro que aún hoy los custodia; los trabajos sobre zoología y mineralogía fueron destinados, junto al resto de los informes elaborados por los miembros de la Real Comisión, al Depósito Hidrográfico. Una parte de este legado se conserva hoy en el Museo Naval de Madrid y otra se encuentra, lamentablemente, en paradero desconocido.

 




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